Obsesión infinita, todos lo sabemos, fue el título de la retrospectiva de Yayoi Kusama expuesta en el Rufino Tamayo a lo largo de los últimos cuatro meses. Quienes desconocen esta información seguramente se mantuvieron alejados del calendario cultural mexicano a lo largo de gran parte del año pasado o, según los estándares, peor aún, se desvincularon por completo de las redes sociales desde septiembre y hasta este enero 2015. Inclusive aquellos menos proclives a los avatares culturales sabían que la muestra se trataba de una artista japonesa, bastante icónica por el color de su pelo, que reproducía muchos lunares de colores en espacios reducidos que gracias a las paredes de espejos en los que estaba contenida la instalación parecían multiplicarse. No es una exageración decir que prácticamente todos vimos algunas de las obras de Kusama a través de las selfies de los más de 350 mil espectadores que acudieron a la muestra.

Todo comenzaba con una larga fila por el bosque de Chapultepec –que en ese punto es más parque que bosque- que desembocaba en la taquilla del museo donde los visitantes eran asignados una hora específica para entrar a ver la muestra. Diez minutos antes de lo indicado el espectador tenía que acreditar su entrada con la estampa que confirmaba su horario y esperar en una fila en el interior del museo su turno para empezar el recorrido. Dentro de la exposición la dinámica era un más sencilla, o quizá predecible. La primera sala en la que se proyectaba un video de Kusama por las calles de Nueva York en los años cincuenta era vista con atención por la gran mayoría sin embargo, conforme avanzaba el recorrido, la gente, cámara en mano, empezaba a desesperarse por no encontrar el “cuarto de los foquitos donde se toma la foto”.

La génesis de la locura productiva de la artista, su constante conflicto con la sexualidad –por momentos similar al de Louise Bourgeois–, así como su experimentación con la repetición como técnica artística fueron temas imperceptibles para aquellos visitantes desesperados que buscaban la otra fila, la tercera del día, para entrar durante veinte segundos –contados por el guardia de la sala– a alguna de las instalaciones de Kusama. Ya adentro, el propósito no era experimentar lo que la artista intentaba transmitir -la destrucción del yo (“self-obliteration”) en ese mundo de reflejos infinitos-, sino hacer la mejor toma en la que se vieran los puntitos de colores y el cuerpo de uno cargando el celular con el que se hacía la foto. Fuera de esa imagen capturada quedaba la locura creativa de Kusama y su constante cuestionamiento sobre la autodestrucción y la disolución de la identidad.

http://museotamayo.org/

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Pocos saben que desde 1977 la creadora de esas instalaciones tan llamativas ha estado internada voluntariamente en una clínica psiquiátrica de Tokio. Su obsesión, como sólo suele pasar en contadas ocasiones, ha sido un punto de autorreflexión que roza los linderos de la locura. Locura si se toma en el sentido de G.K. Chesterton, es decir, para hablar de quien no ha perdido la razón sino quien ha perdido todo excepto de razón. Una definición que converge con la de Platón para quien la locura era un don divino, un conocimiento superior, un resquicio de sabiduría.

Siguiendo esa lógica y desde una perspectiva dialéctica se puede decir que la obsesión infinita de Kusama que se empecina con desdibujar la unicidad fue un objetivo cumplido inconscientemente en su retrospectiva. Si la artista japonesa se obsesionó con autodestruirse a través de su obra, de difuminarse en ese mundo de lunares, de falos o de luces de colores, el espectador intentó lo contrario a toda costa: prevalecer sobre la instalación en una muy trillada autofoto, nunca mejor dicho, que no sólo debía de ser tomada al instante sino que también se tenía que compartir lo más pronto posible.

Al final, como en todo desarrollo dialéctico, la conclusión supera a las primeras dos partes. Kusama, perseguidora de esa “self-obliteration” fue incapaz de fundirse con el universo pues a pesar de lograr camuflajearse con su propia instalación siempre estaba latente la conciencia de esa acción como un mero intento. El espectador, ansioso de tomarse la selfie en esos cuartos de puntitos que le permitían hacer alarde de su supuesta originalidad al afirmarse como un conocedor de la “cultura contemporánea” –lo que sea que ese concepto quiera decir–, experimentó lo contrario. Con tal de no perderse el “must see” de la temporada perdió toda unicidad dentro de ese mar de fotos todas iguales y, la gran mayoría, mal tomadas. Quizá al final las palabras de Platón y de Chesterston son más actuales que nunca. Quizá la locura de Kusama no logró culminar con su autodestrucción pero sí abrió un resquicio de sabiduría pues adelantándose varios años logró a través de sus instalaciones destruir el “yo” de aquellos visitantes que ansiosos cayeron en las redes de esa nueva obsesión infinita: las selfies.