El filme del iraní Ashgar Farhjadi es un retrato de la clase media de Teherán que ahonda en la religión, burocracia y trato a la mujer. Los silencios, el tráfico y los velos que cubren el rostro de las protagonistas nos brindan un vistazo a un país que en el que el clasismo prevalece.

La mayoría de las críticas de Una separación, ganadora al Oscar como Mejor película extranjera, han ahondado en la relación entre Simin (Leila Hatami) y Nader (Peyman Moadi), la pareja que tras más de 15 años de matrimonio desea separarse. Sin embargo, poco se ha dicho sobre el hombre senil al que ambos deben cuidar, el catalizador de esta historia, y quien trae a escena al matrimonio compuesto por su cuidadora y esposo, pareja que también anhela una separación. Pero es justo en el abuelo, en quien reflexiono.

Cuando mi abuela materna empezó a manifestar los primeros síntomas de demencia, mi madre debió cubrir con cartulinas negras los espejos de su casa. Cada vez que mi abuela veía su reflejo creía que miraba a su hermana menor, con quien siempre se peleaba. Así, los años pasaron, la enfermedad mental empeoró y mi abuela pasó los últimos cinco años de su vida postrada en una cama. La abuela de mi adolescencia, aquella no podía hablar ni moverse, aquella a quien nadie quería cuidar y por quien todos se sentían medianamente culpables, regresó a mi memoria tras ver el filme iraní.

El que los abuelos desarrollen algún tipo de enfermedad mental que merme su independencia no es algo que se refleje fielmente en dramas románticos al estilo Diario de una pasión; por el contrario, la enfermedad equivale a años de reflexión, de pérdidas e impotencia. Simin se ve en la necesidad de elegir entre lo que es mejor para su  esposa y lo que su padre requiere, y su predicamento no tiene una solución sencilla.

Farhjadi retrata con honestidad –a veces con descaro– esta disyuntiva. Cuando Nader enfrenta a su esposa, quien le cuestiona por qué no piensa en el bienestar y futuro de su hija, ¿podemos juzgarla?

Dejar a los padres en un hogar para la tercera edad suele ser un sinónimo de crueldad, de falta de agradecimiento. Las historias de horror en las que el personal abusa de los abuelos son comunes, pero lo mismo puede pasar en una casa. Los hijos, los nietos, las enfermeras privadas también pueden abusar de los enfermos—y en Una separación vemos un claro ejemplo.

En mi temprana adolescencia me daba terror el imaginar que la misma enfermedad que consumía a mi abuela estuviese  guardada en mi código genético; y ese terror se convirtió en indiferencia. No juzgo las acciones cometidas por los personajes de la película, pero el eje temático va más allá de la gastada relación matrimonial o del papel que juega la mujer en Irán.

Las parejas con hijos adolescentes que además deben –o quieren– cuidar a los abuelos enfermos abundan, y el impacto que esta relación tiene tanto en el matrimonio como en los nietos rara vez en retratada en el cine. Farhjadi lo hace de forma magistral. –María Gabriela Muñoz (@littlemsmunoz)

 

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La adolescente talentosa que le robaba toda escena a Katie Holmes en Dawson’s Creek es hoy una de las actrices más versátiles de Hollywood. Michelle Williams, sin embargo, no ha tenido una carrera convencional. La joven madre selecciona con perfección cuasi quirúrgica las cintas en las que participará. Sus elecciones, tradicionalmente películas de corte independiente como Blue Valentine (2009) y Wendy y Lucy (2008), le han abierto las puertas del Hollywood más convencional y también le han dado la opción de aceptar sólo aquellos proyectos en los que cree, como Shutter Island de Martin Scorsese y Mi semana con Marilyn, por la que fue nominada al Oscar como Mejor Actriz.

La elección de Williams para interpretar a Marilyn Monroe, cuyo nombre verdadero era Norma Jeane, fue criticada ya que alguien más voluptuosa y  sexy como Scarlett Johansson parecía una opción menos arriesgada para interpretar a la diva. Las dudas se acallaron cuando en Noviembre de 2010 la producción inglesa publicó las primeras imágenes de la película: Marylin estaba viva.

Mi semana con Marilyn es un duelo de actuaciones. Una batalla entre uno de los actores británicos más populares de finales del siglo 20, Kenneth Branagh quien interpreta a Sir Laurence Olivier, y la joven estadounidense que podría convertirse en la próxima Meryl Streep.

Así como Streep nos brinda una mirada a la vida privada de la Thatcher en La dama de hierro, Williams nos da la oportunidad de conocer a la Marilyn que nunca vimos en las pantallas. Desde la primera escena Michelle queda en el olvido: su cuerpo y voz reencarnan tanto en Norma Jeane, la actriz deprimida que deseaba tener una familia y que pasó una semana mágica con un joven llamado Colin (interpretado por Eddie Redmayne), como en Marilyn Monroe, el papel que hizo de Norma Jeane una leyenda y que, a la fecha, ilumina las pantallas cinematográficas con su presencia. –María Gabriela Muñoz (@littlemsmunoz)

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Aquella mañana veraniega de mediados de la década de los 1990 entré a la Cineteca Nacional para ver La mirada de Ulises (1995), filme que había ganado el Gran Premio del Jurado en Cannes –de manera un tanto injusta, pues merecía la Palma de Oro por sobre Underground de Emir Kusturica. La persona que entró y salió de esa sala no fue exactamente la misma: frente a ella, mi yo de entonces 19 años, se había desplegado la historia de A (Harvey Keitel) y su afanosa búsqueda por las películas de los hermanos Manaki.  Y hubo algo en esa pesquisa que me intrigó y que a la fecha ronda mi mente, pues yo, al igual que A, me enfrentaba a una búsqueda personalísima.

La mirada de Ulises es la obra maestra de Theo Angelopoulos. En ella el director griego nacido en 1935 no sólo ofrece una versión moderna de la Odisea, sino que sintetiza en 176 minutos la historia reciente de los Balcanes. Sus magníficos retablos y plano secuencias nos recuerdan que en la vida, así como en el cine, la capacidad de experimentar el mundo como si fuese la primera vez y de traer sin miedo a la memoria las emociones que nos marcaron—recordemos a A viendo por el viewfinder una escena de los Manaki o a Alexandre, el protagonista de La eternidad y un día (1998), contemplando la fotografía de su esposa—es uno de los pilares de una existencia en perenne travesía, pues nos devuelve la fe y nos permite continuar el viaje.

Más allá de la búsqueda y el autodescubrimiento, Angelopoulos ofrece en cada filme un homenaje a los clásicos griegos y un redescubrimiento del cine como poesía. La cotidianidad a través de su cámara se nos presenta tanto como una celebración a la vida como al dolor que nos produce el sabernos siempre fragmentados.

Hay un deje de ironía en la muerte de Angelopoulos, quien terminó su viaje el 24 de enero de 2012, cuando fue atropellado cerca de la localidad donde filmaba The Other Ocean, cinta que daría fin a la trilogía que inició en 2004 con The Weeping Meadow y que ahora quedará inconclusa.  Tal vez en cierto número de años, algún joven cineasta leerá que Angelopoulos trabajaba en su última película antes de fallecer y se embarcará en una búsqueda igual a la de A. Mientras tanto yo escribo desde el exilio y sigo buscando aquello que me persigue desde que vi La mirada: la carta que mi padre posiblemente nunca me escribió antes de fallecer. –María Gabriela Muñoz

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